David Copperfield
David Copperfield –Creo que Clara no se habrÃa opuesto a nada que mi hermana Jane y yo hubiéramos considerado mejor para el muchacho –respondió el señor Murdstone, con una inclinación de cabeza.
La señorita Murdstone confirmó sus palabras con un murmullo claramente audible.
–¡Bah! –exclamó mi tÃa–. ¡Pobre pequeña!
El señor Dick habÃa estado todo ese tiempo haciendo tintinear el dinero en su bolsillo, y el sonido empezó a resultar tan molesto que mi tÃa creyó necesario imponerle silencio con la mirada.
–Y la pensión de esa pobre niña, ¿acaso desapareció con ella? –preguntó.
–En efecto –replicó el señor Murdstone.
–Y su pequeña propiedad, la casa y el jardÃn, extrañamente llamada Rookery, ¿no se firmó ningún documento para que fuera heredada por su hijo?
–Su primer marido se lo dejó a ella sin condiciones –comenzó a decir el señor Murdstone; pero mi tÃa le interrumpió sin disimular su enorme irritación e impaciencia.