David Copperfield
David Copperfield –La verdad es que mi hermano ha explicado tan bien cuanto yo podrÃa decir, señorita Trotwood –contestó Jane Murdstone–, y ha expuesto con tanta claridad los hechos que sólo me queda agradecerle su cortesÃa, su enorme cortesÃa –repitió en un tono irónico que dejó a mi tÃa tan indiferente como hubiera dejado al cañón junto al que dormà en Chatham.
–¿Y qué piensa el niño de todo esto? –quiso saber mi tÃa–. ¿Estás dispuesto a ir, David?
Respondà que no, y le rogué que no permitiera que me alejaran de ella. Le conté que el señor y la señorita Murdstone jamás me habÃan querido; que nunca me habÃan tratado con cariño; que por mi culpa habÃan hecho muy desgraciada a mi madre, que me adoraba; y que no sólo lo sabÃa yo, sino también Peggotty. Le conté que habÃa sido mucho más desgraciado de lo que nadie podrÃa imaginar, viéndome tan pequeño. Y le supliqué –no recuerdo cuáles fueron mis palabras, pero sé que entonces me conmovieron mucho– que me amparara y protegiera, por consideración a mi padre.
–Señor Dick –preguntó mi tÃa–, ¿qué debo hacer con este niño?
Su viejo amigo empezó a meditar, vaciló y, finalmente, exclamó radiante:
–Diga que le tomen las medidas para un traje.