David Copperfield
David Copperfield –Señor Dick –exclamó mi tÃa con aire triunfal–, deme la mano; su sentido común es un verdadero tesoro.
Después de estrecharle la mano con suma cordialidad, me atrajo hacia ella.
–Puede marcharse cuando quiera, señor Murdstone –señaló–; correré el riesgo de quedarme con el muchacho. Si es tal como asegura, podré, en cualquier caso, hacer lo mismo que usted ha hecho por él. Pero no le creo en absoluto.
–Señorita Trotwood –repuso mi padrastro, encogiéndose de hombros al tiempo que se levantaba–, si fuera un caballero…
–¡Bah! ¡TonterÃas! –afirmó ella–. ¡Más le vale no decir nada!
–¡Qué educación tan exquisita! –exclamó la señorita Murdstone, poniéndose también en pie–. ¡Me siento abrumada!
–¿Acaso cree que no sé –afirmó mi tÃa, haciendo oÃdos sordos a la hermana y dirigiéndose al hermano, sin dejar de mover la cabeza de un modo muy elocuente– la clase de vida que dieron a esa pobre y desdichada niña, que no tenÃa quien la aconsejara? ¿Piensa que ignoro lo nefasto que fue para esa criatura tan dulce cruzarse con usted? Estoy segura de que la miró sonriendo y con ojos tiernos, ¡como si fuera incapaz de matar una mosca!