David Copperfield
David Copperfield –¡Jamás habÃa oÃdo hablar a nadie con tanta delicadeza! –censuró la señorita Murdstone.
–¿Supone que soy incapaz de imaginar ese momento como si hubiera estado allà –prosiguió mi tÃa–, ahora que le he visto con mis propios ojos y que he escuchado sus palabras, lo que, para ser sincera, no ha sido nada agradable para mÃ? ¡Oh, sÃ! El señor Murdstone empezó siendo el caballero más bondadoso y amable del mundo. La pobre e inocente joven jamás habÃa conocido a un hombre asÃ. Era todo dulzura. La idolatraba. Adoraba a su pequeño, ¡lo querÃa con verdadera ternura! SerÃa un segundo padre para él, y los tres vivirÃan felices en un jardÃn de rosas, ¿no es asÃ? ¡Puf! ¡Vamos, váyanse de una vez!
–¡En mi vida me habÃa tropezado con alguien semejante! –profirió la señorita Murdstone.
–Y cuando estuvo seguro –afirmó mi tÃa– de que esa pobre insensata habÃa caÃdo en sus manos (y que Dios me perdone por llamar asà a una criatura que se encuentra en un lugar al que usted no tiene ninguna prisa por dirigirse), como si no le hubiera causado ya bastante daño a ella y a los suyos, empezó a educarla, ¿no es cierto? Y sometió su voluntad, como si fuera un pobre pajarillo enjaulado, robándole la vida poco a poco, mientras le enseñaba a cantar sus melodÃas.