David Copperfield
David Copperfield –Me gustarÃa saber si está loca o si ha bebido demasiado –dijo la señorita Murdstone, en un intento desesperado por atraer la atención de mi tÃa–; supongo que está ebria.
La señorita Betsey, haciendo caso omiso de su interrupción, continuó dirigiéndose a su hermano.
–Señor Murdstone –exclamó, amenazándole con el dedo–, fue usted un tirano con esa inocente niña y rompió su corazón. Ella era todo ternura… lo sé muy bien; lo supe mucho antes de que usted la conociera. Y aprovechó su debilidad para infligirle las heridas que ocasionaron su muerte. Ésa es la verdad, le guste o no; y puede hacer con ella lo que quiera, tanto usted como quienes le han servido de instrumento.
–Déjeme preguntarle, señorita Trotwood –insistió la señorita Murdstone–, a quién se refiere con esa expresión que no figura en mi vocabulario.
La señorita Betsey, completamente sorda a sus palabras, reanudó sus invectivas sin inmutarse.