David Copperfield
David Copperfield –Como ya le he dicho, era ostensible mucho antes de que usted la conociera… Aunque por qué la Divina Providencia, en sus misteriosos designios, permitió que usted se cruzara con ella, es algo que se escapa a la comprensión humana. Era ostensible que una criatura tan joven y tan dulce se casarÃa, antes o después; pero nunca pensé que su matrimonio serÃa tan desastroso. Hablo de la época en que nació este niño –aclaró mi tÃa–; este pobre niño del que se valdrÃa usted después para atormentarla, lo que ahora constituye un recuerdo muy desagradable y convierte su presencia en algo odioso. ¡SÃ, sÃ! ¡No es preciso que se estremezca! Estoy convencida de que es cierto.
El señor Murdstone no se habÃa movido en todo ese tiempo de al lado de la puerta, mirándola fijamente con una sonrisa en los labios, aunque sin dejar de fruncir el ceño. Ahora me doy cuenta de que, a pesar de que fingÃa sonreÃr, habÃa palidecido de pronto y respiraba como si hubiera hecho un gran esfuerzo.
–¡Buenos dÃas, señor! –dijo mi tÃa–. ¡Y adiós! ¡Buenos dÃas también a usted, señora! –exclamó, volviéndose de pronto hacia su hermana–. Si la veo pisar mi césped nuevamente con uno de esos burros, tan seguro como que tiene una cabeza encima de los hombros, le arrancaré su sombrero y lo pisotearé.