David Copperfield

David Copperfield

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Sería necesario un pintor, y no un pintor cualquiera, para representar el rostro de mi tía mientras expresaba aquel sentimiento tan inesperado, y el de la señorita Murdstone mientras la escuchaba. Pero el tono de su discurso, así como el contenido, fue tan airado que la señorita Murdstone, sin decir una sola palabra, cogió prudentemente el brazo de su hermano y salió con aire altivo de la casa; mi tía contempló cómo se alejaban desde la ventana, dispuesta, sin duda, a cumplir su amenaza si los burros reaparecían.

Como nadie intentó desafiarla, sin embargo, la expresión de su cara se dulcificó poco a poco, y pareció tan contenta que me atreví a besarla y a darle las gracias; lo que hice de todo corazón, colocando mis brazos alrededor de su cuello. Después estreché la mano del señor Dick, que se empeñó en repetir nuestro saludo varias veces y en celebrar el final feliz de aquella historia con sonoras carcajadas.

–Se considerará, junto conmigo, el tutor de este niño, señor Dick –dijo la señorita Betsey.

–Estaré encantado de ser el tutor del hijo de David –se apresuró a responder él.

–Muy bien –exclamó mi tía–. Asunto arreglado. He pensado, señor Dick, que podría llamarlo Trotwood.


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