David Copperfield
David Copperfield Aquellas órdenes me llenaron de alegría; pero el corazón no tardó en reprocharme mi egoísmo cuando me percaté del efecto que habían causado en el señor Dick, que se sintió tan desolado ante la perspectiva de nuestra separación y jugó tan mal al backgammon en consecuencia, que mi tía, después de darle algunos golpecitos de advertencia en los nudillos con el cubilete de los dados, cerró el tablero y se negó a continuar la partida con él. Pero mi amigo volvió a animarse cuando oyó decir a la señorita Betsey que yo regresaría a casa algunos sábados, y que él podría visitarme algunos miércoles; y prometió fabricar otra cometa para esas ocasiones, mucho más grande que la primera. Al día siguiente por la mañana se mostró nuevamente muy abatido, y se habría consolado entregándome todo el dinero que poseía, oro y plata incluidos, si mi tía no hubiera intervenido, limitando el regalo a cinco chelines que, ante la insistencia del señor Dick, se convirtieron en diez. Nos despedimos del modo más afectuoso en la puerta del jardín, y él no entró en la casa hasta que mi tía me condujo lejos de su vista.