David Copperfield
David Copperfield La señorita Betsey, completamente indiferente a lo que los demás pudieran pensar, guió con maestrÃa el poni gris por las calles de Dover; iba sentada, muy erguida, al igual que un cochero de ceremonia, sin perder de vista un solo movimiento del caballo, decidida a no dejarle hacer su voluntad bajo ningún pretexto. Cuando salimos de la ciudad, sin embargo, le dio un poco más de libertad y, mirando el montón de cojines donde yo me habÃa hundido, a su lado, me preguntó si me sentÃa feliz.
–Muy feliz, tÃa; no sabe cuánto se lo agradezco –aseguré.
Mis palabras la complacieron sobremanera; y, como sus dos manos estaban ocupadas, acarició mi cabeza con el látigo.
–¿Es un colegio muy grande, tÃa? –quise saber.
–La verdad es que no lo sé –dijo ella–. Iremos primero a casa del señor Wickfield.
–¿Es el dueño del internado? –pregunté.
–No, Trot –respondió mi tÃa–. Vamos a su bufete.