David Copperfield
David Copperfield TenÃa el cabello completamente blanco, aunque sus cejas seguÃan siendo negras, y un rostro muy agradable, que a mà me pareció incluso hermoso. En cuanto al color de su tez, asà como su voz y su mayor corpulencia, hacÃa mucho tiempo que yo, aleccionado por Peggotty, habÃa aprendido a relacionarlos con el oporto. Iba impecablemente vestido con una chaqueta azul, un chaleco de rayas y unos pantalones de nanquÃn; su elegante camisa de chorreras y su corbatÃn de batista eran de una blancura y de una suavidad excepcionales, y recuerdo que trajeron a mi pensamiento el plumaje de un cisne.
–Le presento a mi sobrino –exclamó mi tÃa.
–No sabÃa que tuviera uno, señorita Trotwood –dijo el señor Wickfield.
–En realidad, es mi sobrino nieto –afirmó ella.
–Le aseguro que tampoco conocÃa su existencia –manifestó el abogado.
–Acabo de adoptarlo –declaró mi tÃa, dando a entender con un ademán que le resultaba indiferente que lo supiera o no–, y he decidido traerlo aquà para que ingrese en un colegio donde pueda recibir una esmerada educación, además de ser muy bien tratado. DÃgame dónde hay un centro asÃ, y deme toda la información posible.