David Copperfield

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Finalmente, después de una larga ausencia, mi tía y el señor Wickfield regresaron, lo que supuso un gran alivio para mí. Sus pesquisas no les habían salido todo lo bien que habría cabido esperar, pues, aunque las ventajas del colegio eran innegables, a mi tía no le habían gustado mis posibles alojamientos.

–Es una lástima, Trot –exclamó mi tía–. No sé qué decisión tomar.

–En efecto, es una lástima –añadió el señor Wickfield–. Pero le diré lo que puede hacer, señorita Trotwood.

–Y ¿qué es? –preguntó mi tía.

–Deje a su sobrino aquí, por el momento. Es un muchacho tranquilo. No me molestará en absoluto. Esta casa es un lugar perfecto para estudiar. Tan silenciosa como un monasterio, y casi igual de espaciosa. Déjelo aquí.

No hay duda de que esta proposición agradó a mi tía, aunque su delicadeza le impidió aceptar. Yo también estaba encantado con la idea.

–Vamos, señorita Trotwood –insistió el señor Wickfield–. El problema quedará resuelto. Y sólo será un arreglo provisional. Si no sale bien, o alguna de las partes no se encuentra a gusto, buscaremos otra solución. Tendremos tiempo, mientras tanto, de encontrarle otro alojamiento más apropiado. Será mejor que se decida a dejarlo aquí por el momento.


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