David Copperfield
David Copperfield Subimos, así, por una hermosa y antigua escalera, con una balaustrada tan ancha que hubiéramos podido subir por ella casi con la misma facilidad que por los escalones, y entramos en una vieja sala algo sombría, iluminada por tres o cuatro de las originales ventanas que yo había observado desde la calle; en sus huecos se veían unos asientos de roble, que parecían haber salido de los mismos troncos que el brillante entablado del suelo y las enormes vigas del techo. Era una habitación bellamente decorada, con un piano y unos muebles de alegres colores, rojos y verdes, además de algunas flores. Tenía muchos ángulos y rincones; y en todos ellos había una curiosa mesita, un armario, una estantería, un asiento, o cualquier otro detalle que me llevaba a pensar que no había ningún otro lugar más acogedor en la estancia, hasta que descubría el contiguo, y éste me gustaba tanto como el anterior, o incluso más. Se respiraba el mismo aire de retiro y de limpieza que caracterizaba el exterior de la casa.