David Copperfield

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El señor Wickfield llamó a una puerta, en una esquina de la sala recubierta con paneles de madera, y no tardó en aparecer una niña, aproximadamente de mi edad, que se acercó a besarle. En seguida me percaté de que tenía la misma expresión dulce y apacible que la dama del cuadro que yo había contemplado en el piso de abajo. Era como si el retrato hubiera crecido hasta convertirse en una mujer, mientras su modelo continuaba siendo una niña. Aunque su rostro era alegre y vivaz, había una serenidad en ella que nunca he olvidado y que no olvidaré jamás.

El señor Wickfield nos explicó que era su pequeña ama de llaves, su hija Agnes. Cuando oí cómo lo decía, y vi el modo en que cogía su mano, adiviné cuál era su razón de vivir.

La niña llevaba en un costado un pequeño cestito con las llaves; parecía suficientemente seria y formal para gobernar aquella vieja casa. Escuchó con agrado lo que su padre le decía de mí y, cuando éste terminó de hablar, propuso a mi tía que subiéramos al piso superior para ver mi dormitorio. Todos la seguimos. Era una magnífica habitación, que también conservaba las viejas vigas de roble y los cristales en forma de rombo; la ancha balaustrada llegaba hasta ella.


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