David Copperfield
David Copperfield Soy incapaz de recordar dónde o cuándo había visto en mi infancia las vidrieras de una iglesia. Tampoco me acuerdo de lo que representaban. Pero sé que cuando ella se volvió a esperarnos en lo alto de la vieja escalera, en medio de aquella luz solemne, acudieron a mi pensamiento; y su serena luminosidad quedó asociada para siempre a la figura de Agnes Wickfield.
Mi tía estaba tan contenta como yo del modo en que se había resuelto el problema, y los dos bajamos de nuevo a la sala, muy sonrientes y complacidos. La señorita Betsey no quiso ni oír hablar de quedarse a cenar, por miedo a que se le echara la noche encima antes de llegar a casa con el poni gris, y me di cuenta de que el señor Wickfield la conocía demasiado bien para discutir con ella; no obstante, le sirvieron un ligero refrigerio, y Agnes regresó con su institutriz y el señor Wickfield, a su trabajo. Nos dejaron, así, solos para que nos despidiéramos con entera libertad.
La señorita Betsey me dijo que el señor Wickfield se encargaría de arreglar todos mis asuntos, y que no me faltaría de nada; y sus palabras no pudieron ser más cariñosas, ni sus consejos más sabios.
–Trot –concluyó mi tía–, haz honor a tu nombre, al mío y al del señor Dick, y ¡que el Señor te tenga de su mano!