David Copperfield
David Copperfield Me sentà muy conmovido, y sólo fui capaz de darle las gracias, una y otra vez, y de transmitirle todo mi afecto al señor Dick.
–Jamás seas mezquino en nada; jamás seas desleal; jamás seas cruel. Evita estos tres vicios, Trot, y siempre creeré en ti.
PrometÃ, lo mejor que pude, que no abusarÃa de su bondad ni olvidarÃa su recomendación.
–El poni está en la puerta –señaló mi tÃa–. Me marcho, pero no salgas conmigo.
Y, después de decir estas palabras, me abrazó a toda prisa y abandonó la estancia, cerrando la puerta tras de sÃ. Al principio me quedé muy desconcertado por su brusca partida, y casi temà haberla disgustado; pero cuando dirigà la mirada a la calle y vi cuán abatida se subÃa a la calesa, y cómo se alejaba sin levantar la vista hacia la casa, la comprendà mejor y no fui tan injusto con ella.
A las cinco en punto, hora en la que el señor Wickfield solÃa comer, yo habÃa recuperado el optimismo y estaba listo para manejar el cuchillo y el tenedor. Sólo habÃa dos cubiertos en la mesa, pero Agnes, que habÃa estado esperándonos en la sala, bajó con su padre y se sentó frente a él. Dudo que el señor Wickfield hubiera podido probar bocado sin ella.