David Copperfield
David Copperfield En lugar de quedarnos allí después del postre, subimos nuevamente a la sala. Agnes colocó en un acogedor rincón algunos vasos y una licorera de oporto para su padre. Pensé que éste habría perdido su aroma habitual, si otras manos se lo hubieran dejado allí.
El señor Wickfield pasó dos horas bebiendo su vino, y en una buena cantidad, mientras Agnes tocaba el piano, hacía sus tareas y hablaba con él y conmigo. Se mostraba casi siempre alegre y dicharachero con nosotros; pero a veces su mirada se posaba en la niña y parecía invadirle una gran tristeza, y entonces se callaba. Me di cuenta de que ella se percataba en seguida, y conseguía animarlo con una pregunta o con una caricia. Cuando eso ocurría, él abandonaba sus meditaciones y bebía más oporto.
Agnes se encargó de servirnos el té, que había preparado personalmente, y el tiempo transcurrió del mismo modo que después de la comida, hasta que ella se fue a dormir. El señor Wickfield la estrechó entre sus brazos y la besó, y, cuando la pequeña se hubo retirado, ordenó que llevaran las velas a su despacho. Yo también subí a acostarme.