David Copperfield

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Durante la velada, sin embargo, yo había bajado hasta la puerta de entrada y había recorrido un trecho de la calle, con el fin de echar otra ojeada a las viejas casas y a la catedral. Era posible, pensé, que al atravesar aquella ciudad durante mi viaje, hubiera pasado sin saberlo por delante de mi nuevo hogar. Al regresar, vi cómo Uriah Heep cerraba el despacho. Con el corazón rebosante de amor y de simpatía por todos los seres humanos, entré en la casa, me acerqué a hablar con él y, al despedirme, le di la mano. ¡Pero cuán fría y húmeda era la suya! ¡Resultaba tan espectral al tacto como a la vista! Me apresuré a frotar la mía para calentarla, así como para borrar la huella de su roce.

Era una mano tan desagradable que, cuando llegué a mi dormitorio, todavía sentía su frío y su humedad. Al asomarme a la ventana y ver cómo me miraba de soslayo una de las cabezas esculpidas en las extremidades de las vigas, tuve la sensación de que se trataba de Uriah Heep, que había logrado subir allí, Dios sabe cómo, y cerré la ventana a toda prisa para impedir que entrara.





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