David Copperfield

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Pero cerca del doctor Strong trabajaba una hermosa joven, a la que él llamó Annie, que me ayudó a salir de aquel trance arrodillándose junto al caballero para ponerle los zapatos y abrocharle las polainas. Supuse que sería su hija, pues lo hizo con prontitud y agrado. Cuando la joven hubo terminado y nos disponíamos a visitar el aula donde se impartían las clases, me sorprendió mucho que el señor Wickfield se despidiera de ella con el nombre de señora Strong; y empezaba a preguntarme si sería la esposa del hijo del doctor Strong o la esposa del propio doctor, cuando este último, de forma involuntaria, disipó mis dudas.

–A propósito, Wickfield –exclamó, deteniéndose en el pasillo con una mano en mi hombro–; ¿todavía no ha encontrado ningún empleo que pueda convenir al primo de mi mujer?

–No –respondió éste–. Aún no.

–Desearía que lo hiciera lo antes posible, Wickfield –dijo el doctor Strong–, pues Jack Maldon se encuentra necesitado y ocioso; y esas dos cosas, que no son buenas, a veces originan otras peores. Como dice el doctor Watts –añadió, dirigiendo su mirada hacia mí y moviendo la cabeza al ritmo de su cita–: «Satanás siempre encuentra algún trabajo vil para las manos ociosas».


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