David Copperfield
David Copperfield –¡Por Dios! –contestó el señor Wickfield–. Si el doctor Watts hubiera conocido bien a los hombres, podrÃa haber escrito sin faltar tampoco a la verdad: «Satanás siempre encuentra algún trabajo vil para las manos ocupadas». Las personas ocupadas son responsables de gran parte de los males de este mundo, puede usted estar seguro. ¿Y qué han hecho si no todos aquellos que se han dedicado a perseguir el dinero y el poder durante estos dos últimos siglos? ¿Acaso piensa que no han cometido ningún delito?
–No creo que Jack Maldon ponga demasiado empeño jamás en conseguir dinero o poder –comentó el doctor Strong, frotándose pensativo la barbilla.
–Tal vez no –exclamó el señor Wickfield–; y con esto me hace volver al asunto que nos ocupa, y espero que perdone mi digresión. No, todavÃa no he encontrado una actividad adecuada para el señor Malden. Creo adivinar su propósito –añadió tras un momento de vacilación– y eso complica aún más las cosas.
–Mi propósito –repuso el doctor Strong– es asegurar el porvenir del primo, además de antiguo compañero de juegos, de Annie.
–SÃ, lo sé –dijo el señor Wickfield–; en este paÃs o en el extranjero.
–En efecto –replicó el doctor, aparentemente extrañado del énfasis con que habÃa pronunciado esas palabras–; en este paÃs o en el extranjero.