David Copperfield
David Copperfield Mi brindis fue acogido con grandes aplausos; y sus carcajadas eran tan fuertes que yo también empecé a reír, lo que les pareció aún más gracioso. Para no extenderme más, diré que nos divertimos mucho.
Más tarde paseamos junto al acantilado, nos sentamos en la hierba, miramos por un telescopio –no logré distinguir nada cuando llegó mi turno, aunque fingí lo contrario– y regresamos al hotel para almorzar temprano. Mientras estuvimos fuera, los dos caballeros fumaron sin cesar; y yo pensé que, a juzgar por el olor que despedían sus bastos abrigos, no habían dejado de hacerlo desde que recibieron esas prendas de la sastrería. No debo olvidar decir que subimos a bordo del yate; una vez allí, los tres bajaron al camarote y revisaron unos documentos. Recuerdo que, cuando miré por la escotilla, los vi absortos en su trabajo. Durante ese tiempo, me dejaron en compañía de un hombre muy amable con un enorme mechón de pelo rojo que cubría con una gorra pequeña y muy brillante; vestía una camisa o chaleco a rayas, en cuya pechera podía leerse en letras mayúsculas: «Alondra». Pensé que ése era su nombre y que, como vivía en un barco y no podía escribirlo en la puerta de su casa, lo había puesto allí; sin embargo, cuando lo llamé señor Alondra, me dijo que se trataba del nombre del yate.