David Copperfield
David Copperfield Nada más sentarnos, Uriah Heep asomó su cabeza pelirroja y su mano esquelética por la puerta.
–El señor Maldon le ruega que lo reciba –exclamó.
–Pero si acabo de despedirme de él –dijo el señor Wickfield.
–SÃ, señor –respondió Uriah–; pero el señor Maldon ha vuelto, y le ruega que lo reciba.
Al tiempo que sujetaba aún la puerta, Uriah me miró, y miró a Agnes, y miró las fuentes, los platos y todo cuanto habÃa en el comedor, o eso supuse; aunque no parecÃa hacerlo, pues durante todo aquel tiempo fingÃa tener sus ojos rojos respetuosamente clavados en el señor Wickfield.
–Perdone. Sólo querÃa decirle, después de reflexionar –dijo una voz a espaldas de Uriah, mientras la cabeza de éste era sustituida por la del nuevo interlocutor–; le ruego que disculpe mi intromisión… Sólo querÃa decirle que, puesto que no tengo otra elección, cuanto antes me marche al extranjero, mejor. Mi prima Annie aseguró, cuando hablamos del asunto, que preferÃa tener a sus amigos cerca antes que desterrarlos, y el viejo doctor…
–¿Está usted hablando del doctor Strong? –le interrumpió el señor Wickfield.
–Naturalmente –contestó el desconocido–; yo le llamo el viejo doctor. Ya sabe que da lo mismo.