David Copperfield
David Copperfield –Una casa vieja y aburrida –prosiguió– y una vida monótona; pero he de tenerla a mi lado. Es preciso que la tenga a mi lado. La idea de que yo pueda morir y abandonar a mi querida hija, o de que ella muera y me abandone a mÃ, acude a mi pensamiento como un espectro y ensombrece mis horas más felices, y sólo puedo ahogar mis penas…
No terminó la frase; pero, después de dirigirse con lentitud al lugar donde antes se habÃa sentado y de realizar mecánicamente el movimiento de verter oporto de la licorera ya vacÃa, volvió a dejar ésta sobre la mesa y regresó junto a la chimenea.
–Si esta idea me resulta tan dolorosa cuando ella está conmigo –exclamó–, ¿qué serÃa si ella estuviera lejos? No, no, no. Ni siquiera puedo intentarlo…
Se apoyó en la repisa de la chimenea, y estuvo tanto tiempo absorto en sus meditaciones, que yo no sabÃa si correr el riesgo de molestarlo retirándome, o quedarme silencioso donde estaba hasta que saliera de su ensimismamiento. Finalmente, el señor Wickfield pareció despertar y recorrió la estancia con la mirada hasta que sus ojos se cruzaron con los mÃos.