David Copperfield
David Copperfield –Entonces, te quedarás con nosotros, ¿verdad? –dijo con su voz habitual, como si respondiera a algo que yo acabase de comentarle–. Me alegro mucho, Trotwood. Nos haces compañÃa a los dos. Es bueno que estés aquÃ. Bueno para mÃ, bueno para Agnes, bueno quizá para todos nosotros.
–Seguro que lo es para mÃ, señor –afirmé–. ¡Estoy tan contento de vivir aquÃ!
–¡Eres un gran muchacho! –exclamó el señor Wickfield–. Te quedarás todo el tiempo que quieras.
Me estrechó la mano y me dio un golpecito cariñoso en la espalda; me dijo que siempre que necesitara estudiar algo por la noche, cuando Agnes se retirara, o que tuviera ganas de leer, serÃa bien recibido en su despacho, si él se encontraba allà y yo deseaba su compañÃa. Le agradecà su amabilidad; y como no tardó en dirigirse allÃ, y yo no estaba nada cansado, le acompañé con un libro en la mano, a fin de aprovechar durante media hora su invitación.
Sin embargo, al ver una luz en el pequeño gabinete circular, me sentà inmediatamente atraÃdo por Uriah Heep, que ejercÃa una especie de fascinación sobre mÃ, y decidà entrar en él. Encontré al joven leyendo un voluminoso libro con tanta atención que hasta su esquelético dedo Ãndice iba siguiendo las lÃneas, dejando su frÃa y húmeda huella en las páginas (o asà lo creÃ) como si fuera un caracol.