David Copperfield
David Copperfield –Se ha quedado hasta muy tarde esta noche, Uriah –le dije.
–SÃ, señor Copperfield –respondió.
Cuando me subà en el taburete que habÃa frente a él, a fin de conversar más cómodamente, me di cuenta de que no sabÃa sonreÃr; se limitaba a ensanchar la boca hacia los lados, y se le formaban dos profundos surcos en las mejillas, uno a cada lado.
–No estoy trabajando para el bufete, señor Copperfield –señaló Uriah.
–Entonces, ¿qué hace? –pregunté.
–Mejoro mis conocimientos legales, señor Copperfield –afirmó–. Estudio el tratado de Tidd[27] ¡Qué magnÃfico escritor, señor Copperfield!
Mi taburete era un observatorio tan bueno que, cuando Uriah continuó su lectura, después de tan entusiasta exclamación, y empezó a seguir las lÃneas con su dedo Ãndice, me fijé en que sus orificios nasales –pequeños, puntiagudos y con profundas oquedades– tenÃan un modo curioso y muy desagradable de dilatarse y contraerse; parecÃan parpadear en lugar de sus ojos, que casi nunca pestañeaban.
–Supongo que es usted un gran abogado, ¿no es as� –comenté, después de mirarlo un rato.
–¿Yo, señor Copperfield? –exclamó Uriah–. ¡Qué va! Soy un hombre muy humilde.