David Copperfield
David Copperfield Comprendà que lo de sus manos no habÃa sido imaginación mÃa; pues a menudo se restregaba una con otra, como si intentara quitarles el frÃo y la humedad, además de secarlas disimuladamente con su pañuelo.
–Soy consciente de ser el más humilde de los hombres –dijo Uriah Heep, con modestia–; que los demás ocupen la posición social que les corresponda. Mi madre es, asimismo, una persona muy humilde. Vivimos en una humilde morada, señor Copperfield, pero no podemos quejarnos. Mi padre tenÃa una humilde profesión. Era sepulturero.
–¿Y a qué se dedica ahora? –quise saber.
–Ha alcanzado la gloria eterna, señor Copperfield –repuso Uriah Heep–. Pero mi madre y yo tenemos mucho que agradecer. ¡Es una suerte para mà trabajar con el señor Wickfield!
Le pregunté si llevaba mucho tiempo con él.
–Cuatro años, señor Copperfield –replicó Uriah, cerrando su libro, después de señalar cuidadosamente el lugar en que habÃa abandonado su lectura–. Empecé un año después de la muerte de mi padre. ¡Y qué agradecido debo estar por eso! ¡Qué agradecido debo estar al señor Wickfield por haber tenido la bondad de contratarme como aprendiz! Es algo que jamás habrÃa estado al alcance de nuestros humildes recursos.
–En ese caso, cuando termine usted su formación, será un verdadero abogado, ¿no es as�