David Copperfield
David Copperfield –Con ayuda de la Divina Providencia, señor Copperfield –contestó Uriah.
–Quizá algún dÃa llegue a ser socio del señor Wickfield –exclamé para granjearme su simpatÃa–; y el bufete se llamará Wickfield y Heep, o Heep, sucesor de Wickfield.
–¡Oh, no, señor Copperfield! –respondió Uriah, moviendo la cabeza–. Soy demasiado humilde para eso.
Lo cierto es que allà sentado, mirándome de soslayo con expresión humilde, con la boca abierta y las arrugas en las mejillas, guardaba un parecido extraordinario con el rostro tallado en el extremo de la viga de mi ventana.
–El señor Wickfield es un hombre excelente, señor Copperfield –aseguró Uriah–. Si hace mucho tiempo que lo conoce, lo sabrá mejor que yo.
Le dije que estaba convencido de sus palabras, pero que no le conocÃa hacÃa mucho, aunque era amigo de mi tÃa.
–¡Ah, sÃ, señor Copperfield! Su tÃa es una dama muy amable.
Su forma de retorcerse cuando querÃa expresar entusiasmo era tan desagradable que desvió mi atención del elogio que habÃa dedicado a mi familiar para centrarla en las sinuosas contorsiones de su garganta y de todo su cuerpo.