David Copperfield
David Copperfield –Una dama muy amable, señor Copperfield –repitió Uriah Heep–. Creo que siente una gran admiración por la señorita Agnes…
No dudé en responderle que asà era, aunque no sabÃa nada del asunto, ¡que Dios me perdone!
–Espero que también usted la sienta, señor Copperfield –exclamó Uriah–. Aunque tengo la certeza de que sÃ.
–Como todo el mundo –repliqué.
–¡Gracias por sus palabras, señor Copperfield! –declaró Uriah Heep–. Está en lo cierto. A pesar de lo humilde que soy, sé que está en lo cierto. ¡Gracias, señor Copperfield!
Llevado por la excitación de sus sentimientos, se retorció hasta abandonar su taburete y, una vez fuera de éste, empezó a prepararse para volver a casa.
–Mi madre me estará esperando –afirmó, sacando de su bolsillo un reloj descolorido y sin brillo–, y no tardará en inquietarse; pues, a pesar de lo humildes que somos, señor Copperfield, estamos muy unidos. Si quisiera usted venir una tarde a tomar el té en nuestra pobre morada, ella se sentirÃa tan orgullosa como yo de su compañÃa.
Le dije que estarÃa encantado de ir.
–Gracias, señor Copperfield –repuso Uriah, colocando su libro en un estante–. Supongo que vivirá aquà durante algún tiempo, ¿no?