David Copperfield
David Copperfield Algunos de los alumnos más adelantados se hospedaban en casa del doctor, y por ellos conocí, de segunda mano, algunos detalles de la historia de nuestro director. Llevaba menos de doce meses casado con la joven y hermosa dama que yo había visto en la biblioteca, con quien había contraído matrimonio por amor; pues ella no tenía ni un penique y estaba rodeada de parientes pobres (según decían nuestros compañeros), dispuestos a echar al doctor de su propia casa. Atribuían el aire pensativo de nuestro director a que siempre estaba buscando raíces griegas; en mi inocencia e ignorancia, supuse que el doctor sentía pasión por la botánica (sobre todo porque, al andar, no dejaba de mirar el suelo), hasta que comprendí que se trataba de raíces de palabras, con vistas a un nuevo diccionario que tenía intención de escribir. Adams, el mejor alumno, que estaba muy dotado para las matemáticas, había calculado el tiempo que se necesitaría para completar ese diccionario, teniendo en cuenta el método y el ritmo de trabajo del doctor. Decía que se tardarían mil seiscientos cuarenta y nueve años en acabar dicha tarea, a partir del último cumpleaños del doctor, que tenía sesenta y dos.