David Copperfield
David Copperfield Volvimos a casa al atardecer. Hacía una noche muy hermosa, y mi madre y el señor Murdstone pasearon de nuevo junto al seto de eglantina, mientras me enviaban a tomar el té. Cuando él se marchó, mi madre quiso saber qué habíamos hecho durante el día y de qué habían hablado los caballeros. Le repetí lo que habían comentado sobre ella y se echó a reír, asegurando que eran unos desvergonzados que no decían más que tonterías; pero yo comprendí que le agradaba. Y lo hice con la misma claridad con que lo hago ahora. Aproveché la ocasión para preguntarle si conocía al señor Brooks de Sheffield, pero me contestó que no, aunque tal vez se tratara de algún fabricante de cuchillos o tenedores.
¿Cómo puedo decir que el rostro de mi madre –a pesar de lo alterado que vive en mi recuerdo y a pesar de su muerte, de la que guardo conciencia– ha desaparecido para siempre, cuando creo estar viéndolo ante mí, tan real como cualquiera de los rostros que contemplo en una calle concurrida? ¿Cómo puedo afirmar que su inocencia y su ingenua belleza se han ido para siempre, cuando aún percibo su aliento en mi mejilla, al igual que aquella noche? ¿Cómo puedo asegurar que ella ha cambiado, cuando mi imaginación, aferrándose a lo que entonces tanto amaba, la devuelve a la vida, más fiel de lo que yo u otro hombre hemos sido jamás a su tierna juventud?