David Copperfield
David Copperfield La describo tal como era cuando, después de aquella conversación, me acosté y vino a darme las buenas noches. Se arrodilló alegremente a un lado de mi cama y, con la barbilla apoyada en sus manos, me preguntó riendo:
–¿Qué dijeron de mÃ, Davy? Cuéntamelo otra vez. No puedo creerlo.
–La encantadora… –empecé a decir.
Mi madre puso sus manos sobre mis labios para interrumpir mis palabras.
–Seguro que no fue «la encantadora» –afirmó con regocijo–. No puede haber sido «la encantadora», Davy. Sé que no me llamaron asÃ.
–Claro que sÃ, «la encantadora señora Copperfield» –repetà con obstinación–, y también dijeron que eras hermosa.
–No, no. Estoy convencida de que no dijeron que era «hermosa» –interrumpió mi madre, colocando de nuevo sus dedos sobre mis labios.
–SÃ, «la hermosa viudita».
–¡Qué necios y atrevidos! –exclamó mi madre riendo, mientras se cubrÃa el rostro con las manos–. ¡Qué hombres tan ridÃculos! ¿Verdad, mi querido Davy?
–SÃ, mamá.