David Copperfield

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–No se lo cuentes a Peggotty; podría enojarse con ellos. Yo también lo estoy, y mucho, pero preferiría que Peggotty no se enterara.

Como es natural, se lo prometí; y, después de besarnos una y otra vez, no tardé en quedarme profundamente dormido.

Tengo la sensación, después de tanto tiempo, de que fue al día siguiente cuando Peggotty se aventuró a hacerme la sorprendente proposición que voy a relatar; aunque es posible que hubieran transcurrido dos meses.

Una noche en la que estábamos los dos –como en aquella otra ocasión en la que mi madre había salido– en compañía de la media, de la cinta de medir, del pedacito de cera, de la caja con la catedral de Saint Paul en su tapa y del libro de los cocodrilos, Peggotty, después de mirarme varias veces y de abrir la boca como si fuera a hablar pero no se decidiera a hacerlo (pensé que simplemente bostezaba, de otro modo me habría inquietado bastante), me dijo en tono zalamero:

–Señorito Davy, ¿le gustaría venir conmigo a pasar quince días a casa de mi hermano en Yarmouth? ¿No sería divertido?

–¿Es simpático tu hermano, Peggotty? –pregunté con cautela.


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