David Copperfield

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–¡Por supuesto que sí! –exclamó ella levantando las manos–. Además allí está el mar; y los barcos y los pequeños botes; y los pescadores; y la playa; y puede usted jugar con Am…

Peggotty se refería a su sobrino Ham, de quien he hablado en el primer capítulo; pero pronunciaba su nombre como si fuera una parte de la gramática inglesa.[7]

Su rosario de diversiones me cautivó, y le contesté que sería un verdadero placer, pero ¿qué diría mi madre?

–Apuesto una guinea a que nos dejará ir –dijo Peggotty, mirándome fijamente–. Si quiere, se lo preguntaré en cuanto vuelva. De ese modo, el asunto quedará zanjado.

–¿Y qué hará ella mientras estamos fuera? –pregunté, mientras apoyaba mis pequeños codos en la mesa para discutir la situación–. No podemos dejarla sola.

Si lo que Peggotty empezó de pronto a buscar en el talón de aquella media era un agujero, debía ser tan pequeño que no merecía la pena zurcirlo.

–¿Me has oído, Peggotty? No podemos dejarla sola.

–¡Válgame Dios! –dijo la buena mujer, dirigiéndome nuevamente la mirada–. ¿Acaso no sabe que su madre va a pasar quince días con la señora Grayper? Esa dama va a recibir en su casa a un grupo de invitados.


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