David Copperfield

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Siendo así, estaba deseoso de marcharme. Esperé con impaciencia a que mi madre volviera de casa de la señora Grayper (pues siempre se trataba de la misma vecina) para asegurarme de que nos dejaría llevar a cabo la gran idea. Lejos de mostrar la sorpresa que yo esperaba, mi madre consintió en seguida; todo quedó arreglado aquella misma noche, y acordaron que yo pagaría la comida y el alojamiento el tiempo que durara mi visita.

Pronto llegó el día de nuestra partida. Habían fijado una fecha tan cercana que el tiempo pasó volando incluso para mí, que esperaba ese momento con febril impaciencia, temeroso de que un terremoto, una erupción volcánica u otro cataclismo natural impidiera nuestra expedición. Debíamos viajar con un carretero que salía por la mañana después del desayuno. Yo habría pagado lo que fuera para que me dejaran dormir vestido, con los zapatos y el sombrero puestos.

Y, aunque hable de ello con ligereza, todavía me conmuevo al evocar cuánto deseaba marcharme de mi feliz hogar, y qué lejos estaba de sospechar que iba a abandonarlo para siempre.

Cuando el carro se detuvo en la entrada y mi madre me besó, sentí tanto amor por ella y por aquel viejo lugar del que nunca había salido, que me eché a llorar. Me consuela saber que mi madre tampoco pudo reprimir las lágrimas, y no olvidaré cómo su corazón latía junto al mío.


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