David Copperfield
David Copperfield Recuerdo que pude contemplar a mi antojo al Viejo Soldado (y no quisiera faltarle al respeto con ese nombre) una noche que resultó inolvidable para mí por otro acontecimiento que después contaré. Se celebraba una pequeña fiesta en casa del doctor para despedir al señor Maldon, que dejaba el país para ir a la India como cadete o algo parecido, después de que el señor Wickfield solucionara todos los trámites. Daba la coincidencia de que también era el cumpleaños del doctor. Habíamos tenido el día libre en el colegio; por la mañana le habíamos entregado nuestros regalos, el mejor alumno había pronunciado un discurso y todos le habíamos vitoreado hasta quedarnos roncos, mientras a él se le llenaban los ojos de lágrimas. Y por la noche, el señor Wickfield, Agnes y yo fuimos invitados a tomar el té, como amigos íntimos.
Jack Maldon había llegado antes que nosotros. La señora Strong, vestida de blanco, con cintas de color guinda, tocaba el piano cuando entramos; y él se inclinaba sobre ella para pasarle las páginas de la partitura. Cuando la joven se volvió hacia nosotros, tuve la sensación de que su tez blanca y sonrosada no resplandecía como de costumbre; pero estaba muy hermosa, increíblemente hermosa.