David Copperfield
David Copperfield Annie guardaba silencio, mientras tanto, sin dejar de mirar el suelo; su primo, de pie junto a ella, tampoco levantaba la mirada.
–Mamá, espero que haya acabado ya –dijo dulcemente la joven, con voz temblorosa.
–No, mi querida Annie –replicó el Viejo Soldado–, aún no he terminado. Ya que me lo preguntas, mi amor, te contestaré que aún no he terminado. Lamento mucho la falta de cariño que muestras por tu familia; y, como no sirve de nada decÃrtelo a ti, prefiero exponerle mis quejas a tu marido. Y ahora, querido doctor, fÃjese en esa insensata mujer suya.
Nuestro director volvió su bondadoso rostro hacia ella, con una sonrisa que reflejaba la dulzura y la ingenuidad de su alma, y Annie inclinó aún más la cabeza. Me di cuenta de que el señor Wickfield la observaba con atención.
–Cuando el otro dÃa se me ocurrió sugerir a esta jovencita –prosiguió el Viejo Soldado, agitando alegremente ante ella la cabeza y el abanico– que le hablara de un caso familiar (como creo que era su obligación), me respondió que eso serÃa pedirle un favor y que, como usted era siempre tan generoso con ella y le concedÃa todos sus caprichos, preferÃa no mencionarle el asunto.
–Annie, querida –exclamó el doctor–. No estuvo bien por tu parte. Me privaste de un placer.