David Copperfield

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La señora Markleham se abanicó y movió la cabeza.

–Adiós, señor Maldon –exclamó el doctor, poniéndose en pie, mientras los demás seguíamos su ejemplo–. ¡Le deseo un buen viaje, una brillante carrera y un feliz regreso a casa!

Todos brindamos por él y estrechamos la mano del señor Jack Maldon, que se despidió rápidamente de las damas y corrió hacia la puerta; el joven se subió a la silla de posta entre las aclamaciones y los vítores de nuestros muchachos, que se habían congregado con aquel propósito en el césped. Me apresuré a engrosar sus filas y estaba muy cerca del carruaje cuando éste arrancó; tuve la impresión, vivísima, en medio del bullicio y del polvo, de ver pasar traqueteando al señor Maldon con el rostro muy alterado, llevando un objeto de color guinda en su mano.

Después de un nuevo «¡Hurra!» por el director y otro por su esposa, los muchachos se dispersaron y yo volví a entrar en la casa, donde encontré al doctor rodeado de sus invitados, comentando la partida del señor Maldon, la entereza que había mostrado, su pesar, etc. En medio de aquellos comentarios, la señora Markleham preguntó:

–¿Y Annie?


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