David Copperfield
David Copperfield Aquellos miércoles eran los más dichosos de la vida del señor Dick; y estaban muy lejos de ser los menos dichosos de la mÃa. No tardó en ser muy conocido entre todos los muchachos del colegio; y aunque nunca participaba en ningún juego, salvo cuando volábamos una cometa, mostraba tanto interés por nuestras competiciones como cualquiera de nosotros. ¡Cuántas veces le he visto absorto en una partida de canicas o de peonza, sin atreverse casi a respirar en los momentos decisivos! ¡Cuántas veces le he visto subido en un pequeño montÃculo, mientras jugábamos a la caza de la liebre, animando a todos con sus gritos, agitando el sombrero por encima de sus cabellos grises, haciendo caso omiso de la cabeza del rey Carlos, el Mártir, y de cuanto pudiese guardar relación con ella! ¡Cuántas horas felices le he visto pasar, durante el verano, en el campo de crÃquet! ¡Cuántos dÃas de invierno le he visto en medio de la nieve y del viento del este, con la nariz amoratada, aplaudiendo entusiasmado con sus guantes de lana mientras los muchachos bajábamos por la colina!