David Copperfield
David Copperfield La fama del señor Dick no tardó en extenderse fuera de nuestro pequeño cÃrculo. Después de algunos miércoles, el doctor Strong me preguntó por él, y yo le conté todo lo que mi tÃa me habÃa explicado. Mi relato le interesó hasta el punto de pedirme que, en su próxima visita, se lo presentara. Una vez cumplida esa formalidad, el doctor rogó al señor Dick que, siempre que no me encontrara en las oficinas de la diligencia, fuese directamente al colegio y descansara allà hasta que terminásemos nuestras tareas matutinas; el señor Dick adquirió, asÃ, esa costumbre y, si nos retrasábamos un poco, como sucedÃa a menudo, paseaba por el patio hasta que yo salÃa. Allà conoció a la joven y bella mujer del doctor (más pálida que antes, por aquel entonces; y menos alegre, aunque igual de hermosa; a la que apenas veÃamos, según creo recordar), y se convirtió poco a poco en una figura tan familiar que acabó entrando en la clase para esperarme. Siempre se sentaba en el mismo rincón, en un taburete determinado, al que los muchachos bautizaron con el nombre de «Dick»; y allà se quedaba, con la cabeza gris inclinada hacia delante, escuchando atentamente lo que se decÃa, con un profundo respeto por los conocimientos que él jamás habÃa podido adquirir.