David Copperfield
David Copperfield –¿Un alumno? –repitió el señor Micawber, levantando las cejas–. No sabe cuánto me satisface oÃrle. Aunque un cerebro como el de mi amigo Copperfield –comentó a Uriah y a la señora Heep– no necesita cierta clase de educación, ¡conoce tan bien a los hombres y a las cosas! Y, sin embargo, será un terreno fértil donde la vegetación crecerá exuberante; en una palabra –concluyó sonriendo, en otro arranque de confianza–, posee un intelecto capaz de profundizar cuanto quiera en los clásicos.
Uriah, frotándose lentamente sus largas manos, se retorció de un modo horrible de cintura para arriba, a fin de mostrar que compartÃa su opinión sobre mÃ.
–¿Quiere que vayamos a visitar a la señora Micawber? –inquirÃ, para llevármelo de allÃ.