David Copperfield
David Copperfield –Si desea hacerle ese favor, Copperfield –replicó mi amigo, poniéndose en pie–. No tengo el menor escrúpulo en decir, en presencia de nuestros amigos, que soy un hombre que durante años ha luchado contra las dificultades pecuniarias –yo sabÃa que acabarÃa diciendo algo por el estilo; le gustaba demasiado jactarse de sus tropiezos–. Unas veces he logrado superarlas. Otras, ellas… en una palabra, me han derribado. En ocasiones, les he plantado cara; en ocasiones, me he rendido ante ellas, y he repetido a la señora Micawber las palabras de Catón: «Tienes razón, Platón. Todo ha terminado. No seguiré luchando».[29] Pero en ningún momento de mi vida –prosiguió el señor Micawber– he sentido mayor satisfacción que cuando podÃa desahogar mis penas (si se me permite emplear esta palabra para describir las dificultades originadas principalmente por los mandamientos judiciales y los pagarés a dos y a cuatro meses) en el corazón de mi amigo Copperfield.
El señor Micawber concluyó tan hermoso elogio diciendo: «¡Señor Heep! Buenas noches. ¡Señora Heep! A su servicio», y salió conmigo con su aire más distinguido, taconeando ruidosamente en el empedrado y tarareando una canción.