David Copperfield
David Copperfield El señor Micawber se hospedaba en una pequeña posada, donde ocupaba un dormitorio muy poco espacioso, separado de la sala común por un tabique, y con un fuerte olor a tabaco. Debía de estar sobre la cocina, pues un vapor tibio y grasiento parecía subir a través de las rendijas del suelo, y las paredes rezumaban una humedad viscosa. Sé que el bar estaba cerca, por el aroma de los licores y el tintineo de los vasos. Y allí, debajo de un cuadro que representaba un caballo de carreras, recostada en un pequeño sofá, con la cabeza a escasa distancia del fuego y los pies empujando la mostaza de la mesita auxiliar en el otro extremo de la habitación, se encontraba la señora Micawber.
–Querida, permíteme que te presente a un alumno del doctor Strong –exclamó su marido, entrando por delante.
Me di cuenta, dicho sea de paso, de que el señor Micawber, aunque seguía tan confuso como siempre con referencia a mi edad y a mi situación, jamás olvidaba que yo asistía al colegio del doctor Strong, lo que debía de parecerle de muy buen tono.
La señora Micawber se quedó estupefacta al verme, pero se alegró muchísimo. Yo también estaba muy contento y, después de intercambiar con ella los saludos más afectuosos, me senté a su lado en el pequeño sofá.