David Copperfield
David Copperfield Mi amor me hace perder el apetito, y me obliga a llevar constantemente mi corbatín de seda nuevo. Sólo encuentro algún consuelo vistiendo mis mejores trajes y ordenando que me limpien las botas una y otra vez. De ese modo, tengo la impresión de ser más digno de la mayor de las señoritas Larkins. Todo lo que le pertenece, o guarda relación con ella, es sagrado para mí. Siento un profundo interés por el señor Larkins, un viejo caballero, bastante malhumorado, con doble papada y un ojo siempre inmóvil. Cuando no puedo ver a su hija, me las arreglo para encontrarme con él y preguntarle: «¿Qué tal, señor Larkins? Y sus hijas y el resto de su familia, ¿están todos bien?». Me parece tan interesado por mi parte que no puedo sino ruborizarme.