David Copperfield
David Copperfield Estoy obsesionado con mi edad. Tengo diecisiete años; soy demasiado joven para la mayor de las señoritas Larkins, pero ¿qué más da? Además, no tardaré nada en cumplir veintiuno. Todas las noches paseo por delante de la casa del señor Larkins, aunque se me parte el corazón al ver entrar a los oficiales, o al oírles conversar en la sala, donde la mayor de las señoritas Larkins toca el arpa. Incluso en dos o tres ocasiones, preso de un sentimentalismo enfermizo, merodeo por sus alrededores cuando la familia se ha acostado. Me gustaría saber cuál es la habitación de la mayor de las señoritas Larkins (seguro que elegía equivocadamente la de su padre, pienso ahora). Desearía que se declarase un incendio en la casa; que todos se quedaran paralizados de horror; y que yo, abriéndome paso entre la multitud con una escalera, pudiera llegar hasta su ventana y salvarla en mis brazos, antes de volver a buscar algo que hubiera olvidado y de perecer en medio de las llamas. Pues, por lo general, mi amor es muy altruista, y creo que me contentaría con representar un papel heroico ante la señorita Larkins, y exhalar mi último suspiro.