David Copperfield
David Copperfield Me dirijo a la casa encantada, llena de luces, parloteos, música, flores, oficiales (algo que lamento) y la mayor de las señoritas Larkins, resplandeciente de belleza. Viste de azul, y lleva flores azules en el cabello… Son nomeolvides. ¡Como si tuviera necesidad de llevar nomeolvides! Es la primera vez que me invitan a una verdadera fiesta y me siento algo incómodo; tengo la impresión de estar fuera de mi ambiente, y nadie parece tener nada que decirme, si exceptuamos al señor Larkins, que me pregunta por mis compañeros de clase, como si yo hubiera ido allà para que me insultaran. Pero después de quedarme un rato en el umbral y de recrear mis ojos con la diosa de mi corazón, se me acerca ella –¡la mayor de las señoritas Larkins!– y me pregunta amablemente si deseo bailar.
–Con usted, señorita Larkins –logro balbucear, con una reverencia.
–¿Y con nadie más?
–No me agradarÃa bailar con ninguna otra joven.
La señorita Larkins rompe a reÃr y se ruboriza (o eso me parece) y asegura que será un placer para ella concederme el siguiente baile.
Llega el momento.
–Creo que es un vals –dice la señorita Larkins, algo indecisa, cuando me acerco a ella–. ¿Sabe bailar el vals? Si no, el capitán Bailey…