David Copperfield

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Pero yo bailo el vals (y da la casualidad de que muy bien) y saco a la señorita Larkins. La alejo del capitán Bailey sin la menor piedad. No cabe duda de que él se siente muy desgraciado; pero no me importa. También yo lo he pasado mal. Bailo el vals con la mayor de las señoritas Larkins. No sé dónde, ni entre quién, ni cuánto tiempo. Lo único que sé es que floto por el espacio con un ángel azul, en una especie de delirio de felicidad, hasta que me veo de pronto con ella en una pequeña estancia, descansando en un sofá. Ella admira la flor de mi ojal (una camelia japónica rosa que me ha costado media corona) y yo se la ofrezco con estas palabras:

–Pido por ella un precio inestimable, señorita Larkins.

–¿De veras? ¿Y qué es? –pregunta ella.

–Una de sus flores, que yo guardaré como un tesoro, al igual que un avaro guarda su oro.

–Es usted un joven muy atrevido –exclama la señorita Larkins–. Tome.

Y me la entrega, con aire complacido; y yo me la llevo a los labios, antes de colocarla en mi pecho. La señorita Larkins se coge entonces de mi brazo, riendo, y me pide que la lleve con el capitán Bailey.


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