David Copperfield
David Copperfield Estoy absorto en el recuerdo de esta deliciosa conversación, y del vals, cuando ella se me acerca de nuevo del brazo de un caballero que no es joven, ni atractivo, y que ha pasado la velada jugando al whist.
–¡Aquà está mi atrevido amigo! El señor Chestle quiere conocerle, señor Copperfield –dice la señorita Larkins.
Comprendo en seguida que se trata de un amigo de la familia, y me siento muy honrado.
–Admiro su buen gusto, caballero –señala el señor Chestle–. Dice mucho de usted. Supongo que no estará demasiado interesado por el lúpulo; pero yo me dedico a su cultivo a gran escala, y si alguna vez visita Ashford y quiere dar una vuelta por nuestra finca, estaremos encantados de alojarle todo el tiempo que desee.
Le doy calurosamente las gracias y estrecho su mano. Creo estar en un sueño muy hermoso. Vuelvo a bailar el vals con la mayor de las señoritas Larkins, ¡dice que lo hago tan bien! Regreso a casa en un estado de felicidad indescriptible y, a lo largo de toda la noche, bailo el vals en mi imaginación, ciñendo con mi brazo la cintura azul de mi amada deidad. Durante varios dÃas, vivo perdido en delirantes reflexiones; pero no la encuentro en la calle, ni está en su casa cuando voy de visita. La prenda sagrada, la flor marchita, no logra consolar del todo mi desilusión.