David Copperfield
David Copperfield –En efecto; y la sensación de no haber estado a la altura de las circunstancias, de no haber podido pensar con claridad o de no haber sido capaz de disimular su estado, a su pesar, le atormenta de tal modo que cada dÃa se siente peor, y está más demacrado y ojeroso. No te alarmes por mis palabras, Agnes, pero la otra noche lo encontré con la cabeza apoyada en su escritorio, llorando como un niño.
Sentà cómo la mano de Agnes se posaba dulcemente en mis labios mientras hablaba, y un instante después habÃa salido al encuentro de su padre en el umbral de la estancia y se apoyaba en su hombro. Los dos dirigieron sus ojos hacia mÃ, y la expresión del rostro de Agnes me conmovió. Su hermosa mirada reflejaba un cariño tan profundo por su padre, tanto agradecimiento por todo su amor y todos sus cuidados, y parecÃa suplicarme con tanto fervor que me mostrara afectuoso con él –incluso en mis pensamientos– y que no le juzgara con dureza; estaba tan orgullosa de él, le querÃa con tal devoción, aunque le inspirara una gran compasión, y se hallaba tan segura de que yo compartÃa sus sentimientos, que ninguna palabra hubiera resultado más elocuente para mÃ, ni me hubiera emocionado más.