David Copperfield

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Una tía de mi padre y, por consiguiente, tía abuela mía, de la que ya hablaré más adelante, era el miembro más importante de la familia. La señorita Trotwood o señorita Betsey, como mi pobre madre la llamaba cuando se atrevía a nombrar a tan imponente personaje (lo que ocurría en raras ocasiones), había contraído matrimonio con un hombre más joven que ella, y además muy apuesto; pero como dice el viejo refrán, «no es oro todo lo que reluce», pues existían fuertes sospechas de que había maltratado a la señorita Betsey, e incluso de que, en cierta ocasión, en una discusión por asuntos de dinero, había estado a punto de arrojarla por la ventana de un segundo piso. Semejantes pruebas de incompatibilidad de caracteres indujeron a la señorita Betsey a pagarle para poner tierra de por medio, aceptando una separación amistosa. Él se marchó a la India con el dinero y allí, según la absurda leyenda que circula por nuestra familia, se le vio a lomos de un elefante en compañía de un babuino; aunque yo creo que debía tratarse de un bengalí educado a la inglesa o de una dama de noble cuna del Indostán.[2] En cualquier caso, diez años después llegaron de la India noticias de su muerte. Nadie supo la impresión que tales nuevas causaron a mi tía; pues, inmediatamente después de la separación, había vuelto a adoptar su apellido de soltera, había comprado una casa de campo en una lejana aldea junto al mar y se había instalado allí en compañía de una criada. Desde entonces, vivía aislada del mundo, en un inflexible retiro.


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