David Copperfield
David Copperfield –Pues sÃ, el deber filial me ha obligado a emprender este viaje. Mi madre vive algo alejada de la ciudad, y como las carreteras se hallan en muy mal estado y su casa resulta bastante aburrida, he decidido pasar la noche en este hotel, en lugar de seguir adelante. No llevo ni seis horas en Londres, y lo único que he hecho ha sido dormitar y protestar en el teatro.
–También yo he asistido a una representación –señalé–. En el Covent Garden. ¡Qué espectáculo tan maravilloso, Steerforth!
Mi amigo empezó a reÃrse a carcajadas.
–Mi querido Davy –dijo, mientras me daba otra palmadita en el hombro–, eres como una flor silvestre. Ni siquiera las margaritas del campo, al salir el sol, son tan tiernas e inocentes como tú. Yo también he estado en el Covent Garden y jamás he visto una puesta en escena más lamentable. ¡Eh! ¡Señor!
Con estas palabras se dirigÃa al camarero que, desde la distancia, habÃa seguido atentamente nuestro encuentro. El hombre se acercó respetuosamente a nosotros.
–¿Dónde ha alojado a mi amigo el señor Copperfield? –preguntó Steerforth.
–¿Perdón, señor?
–¿Dónde duerme? ¿Cuál es su número de habitación? Ya sabe lo que quiero decir –exclamó Steerforth.