David Copperfield
David Copperfield Steerforth no se encontraba en la sala sino en un gabinete privado, muy acogedor, decorado con cortinajes rojos y una alfombra turca; un bonito fuego ardÃa en la chimenea, y en una pequeña mesa, cubierta con un mantel muy limpio, habÃan servido un apetitoso desayuno caliente. La estancia, el fuego, el desayuno y Steerforth se reflejaban alegremente, en miniatura, en un pequeño espejo redondo colocado encima del aparador. Al principio, me sentà bastante intimidado: Steerforth parecÃa tan seguro de sà mismo, era tan elegante y, en todos los aspectos –incluida la edad–, tan superior a mÃ… Mas no tardé en encontrarme a mis anchas, gracias a su naturalidad y a su simpatÃa. No me cansaba de admirar los cambios que él habÃa efectuado en La Cruz de Oro, ni de comparar el abandono y la suciedad que habÃa padecido el dÃa anterior con la comodidad y el refinamiento de aquella mañana. En cuanto a la familiaridad del camarero, era como si no hubiera existido jamás; lo cierto es que no pudo mostrarse más servicial con nosotros.
–Y ahora, Copperfield –dijo Steerforth, cuando nos quedamos a solas–, me encantarÃa saber lo que haces, adónde te diriges y toda tu vida. Siento como si fueras de mi propiedad.
Radiante de felicidad al ver que seguÃa interesándose por mÃ, le conté cómo mi tÃa me habÃa propuesto aquella pequeña expedición y cuáles eran mis planes.